La imagen popular del ciberdelincuente a menudo evoca a un genio solitario, un hacker encapuchado operando desde un sótano oscuro. Sin embargo, esta visión romántica y cinematográfica está peligrosamente desactualizada. La realidad del crimen digital en el siglo XXI se parece mucho más a una industria global, con modelos de negocio, cadenas de suministro y servicios profesionales al alcance de cualquiera dispuesto a pagar.

